¡Viva el turismo!

Vivo a dos manzanas de la Sagrada Familia por lo que, lógicamente, estoy acostumbrado -léase “resignado”- a bregar desde hace años con la presencia masiva de turistas. Antes era más fácil de sobrellevar porque la tradicional llegada de “guiris” se centraba casi exclusivamente en julio y agosto, pero ahora la temporada gaudiniana de turisteo comienza en abril y se alarga prácticamente hasta septiembre. Y siendo pesado esto de vivir junto a un monumento turístico universal, lo cierto es que no resulta tan dramático como lo es -por ejemplo- vivir en las Ramblas. Allí sí que viven de verdad una pesadilla. Al fin y al cabo a la Sagrada Familia suelen venir serenos y a hacer fotos. Pero a las Ramblas van a beber “sangrría”, “serbesa” y buscar “señorritas guapas”, amén de marcar el territorio con sus “minor waters” o sea… aguas menores.  (Y perdónenme el localismo barcelonés, pero uno debe opinar de lo que conoce. Y, además, esto es lo que con tanto ahínco se ha trabajado el Ayuntamiento: convertir la Ciudad Condal en un parque temático para turistas anglosajones de viaje barato). El caso es que, dejando al margen -¡y ya es difícil!-  el atentando al buen gusto que representan las sandalias con calcetines y los sombreros mexicanos (que vale, serán topicazos, pero yo sigo viendo un montón cada día) si uno quiere circular en moto por tan magnífico entorno -especialmente durante los tres meses de verano- debe estar preparado para lidiar con docenas de autocares ocupando las calles adyacentes y enjambres de turistas obcecados en llegar antes que nadie a los tenderetes de souvenirs, cruzando a tal efecto por donde les sale de las narices… que seguro que esto de los semáforos en España no se lo toman tan en serio… Los que somos gatos viejos de la zona ya sabemos que en julio y agosto el cuadrado formado por las calles Marina, Mallorca, Provenza y Lepanto tiene más peligro que una cronometrada por Tora-Bora en plena ofensiva de los Marines. Pero aún así siempre hay algún visitante extranjero simpático -y con toda seguridad también daltónico, dada su incapacidad para distinguir el verde del rojo- que consigue sorprenderte por su descaro en ignorar por completo a coches, motos, furgonetas y autobuses urbanos y decidir que su abuelo estuvo con Montgomery en El Alamein y que él cruza sí o sí… Y encima los cachondos te miran con cara de indignación cuando tu rueda delantera se detiene a un palmo de su muslo como no entendiendo porque se enfada tanto el nativo este de la motoreta… A este bonito panorama se ha sumado también ya desde hace algún tiempo el de los ciclistas que, como si se tratara de una promesa a San Eddie Merckx deciden que la mejor manera de conocer tamaña joya arquitectónica del Modernismo es no bajarse de la bici. Y si el abuelo de este estuvo en El Alamein, el mío estuvo en Normandía y también cruzo por aquí con la bici que, total, los de aquí también lo hacen. ( Y en eso no les falta razón). Por último, y para que nada falte en este apasionante universo paralelo turistil de diversión y emociones, acaba de llegar un último y aún más peligroso desafío: el grupo de turistas británicos -regordetes ellos, sonrosadetes ellos, resacosos ellos-  montados en sendos scooter 125 de alquiler  que se antojan diminutos bajo su rebosante corpachón y con su británica cabeza embutida en un casco tres tallas menor, encajado a presión… no vaya la tontería del riego sanguíneo a jorobarnos el bonito paseo. Circulan en fila, en hilera, en evocadora forma ameboide… ¿qué más da? Lo único realmente importante es hacerlo muy despacio, zigzagueando mucho y no avisando jamás de los cambios de dirección. ¿Para qué? ¡¡¡Estamos de vacaciones y esto es la playa!!! Insisto: de nuevo pido disculpas por este exceso de localismo. Es lo que tiene escribir “de calentón” después de haber tenido que esquivar tres autocares y siete ciclistas… De todos modos, estoy seguro que los amigos sevillanos que vivan cerca de la Giralda… o los madrileños que vivan en la zona de la Puerta del Sol… o los valencianos que viven cerca de la Paza del Ayuntamiento… o cualesquiera de los lectores que tengan la fortuna -pese a todo, la fortuna- de vivir junto a un monumento podrán reconocerse en algunas situaciones.

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